La entrada al panteón no luce así durante el resto del año, la soledad de ese camposanto en un día como el 2 de noviembre se transforma: quesadillas, elotes, papas, fruta, discos, flores, juegos, paletas, dulces, tacos, tortas, tamales y globos, muchos globos.
A las afueras del cementerio de San Isidro ubicado en el norte de la Ciudad de México, ya no cabe ni un alma, las calles alrededor se han convertido en una verdadera verbena, un lugar en el que podemos encontrar de todo, en donde los empujones no faltan, donde la música se escucha a todo volumen, en donde el clásico pásele güerita, que va a llevar, de a 10 el ramo, se escucha. Las familias caminan juntas a ese lugar en el que un miembro, su padre, madre, hijo, o abuelo está descansando, con el que piensan platicar un rato, llevarle flores y por qué no, hasta mariachi.
No hay lugar donde estacionarse, no hay lugar en el que se pueda transitar libremente, no hay lugar en el que no se venda algo, incluso dentro del panteón; se ven a los niños correr entre las tumbas, unos disfrazados, otros despeinados y otros más con restos de maquillaje del día anterior, y otros, muchos otros pidiendo su calaverita dentro del panteón.
Hay quién ve en este día una oportunidad más para obtener dinero: la pala, el agua, le limpio la tumba, de a 50 la canción, ofrecen sus servicios, dentro también hay bici taxis circulando, tocando su improvisado claxon, intentando pasar entre la muchedumbre, pegándole a uno que otro despistado que no les abrió el paso, haciendo acelerados recorridos con el sol pegándoles de frente.
Cuando llegan a la tumba de su familiar, lo saludan, como si hace tiempo no se vieran, como si aún les escuchara, se sientan alrededor, algunos improvisan bancos con las cubetas, otros prevenidos llevaron sus sillas, otros incluso hasta lonas y carpas para evitar quemarse con ese sol de medio día que quema. Hacen la limpieza de las tumbas, les dejan los ramos de flores, las pintan, rezan. Hay quién recuerda que su difunto disfrutaba del futbol y le llevan la playera, unos el periódico deportivo con los resultados del último juego y otros tantos un balón.
El ambiente es festivo; se escucha la música del improvisado trío, del mariachi o de la grabadora que nadie sabe dónde conectaron, unos llevan preparada la comida, se reúnen las familias alrededor de la tumba y le comparten un bocado a su muerto, un vaso de agua y hasta de pulque. A las afueras del panteón no cabía un alma, pero dentro, ahí adentro hay muchas, aquéllas de quiénes viven pero también de quiénes se han ido. Hoy hay fiesta, fiesta por la vida y fiesta por la muerte. Hoy se vivió una verbena, una feria, una festividad que sólo se da una vez al año en los panteónes, hoy no se llora, se ríe y se recuerda.
