La noche cayó sobre la ciudad de Teotihuacan, para acercarse a sus ruinas había que caminar desde del centro del municipio de San Juan. La oscuridad llenaba de misticismo la zona y despertaba el sentido de la vista con tal de no tropezar con las piedras.
Un campamento para recibir la primavera, una madrugada a la luz de la luna y un amanecer de un sol radiante, para sentir ambos elementos de una sola vez.
Llegamos a la puerta 2 frente a la Pirámide del Sol, caminamos entre un tianguis de artesanías mexicanas con marca china y un desfile de olores a comida que iban de quesadillas a frituras, combinados con el olor a pulque mezclado con cerveza.
Llegamos a la zona destinada para acampar una cuerda dividía la entrada; “son diez pesos chavos por persona, si quieren acampar.” Pagamos y con un plumín nos marcaron una “D” en la mano, e iniciamos nuestra búsqueda por un buen lugar, sin piedras para dormir y alejados un poco del ruido para sentir que estábamos con la naturaleza, aunque en realidad ya no se distinguía.
Mientras recorríamos la zona, unos jóvenes alrededor de su fogata nos ofrecían las ofertas de la noche; “Mota de a cinco pesos, bien bara.” Sólo les sonreímos, y seguimos caminando. Por fin llegamos a nuestro espacio; pocas piedras, poca gente, buena zona, detrás de una camioneta y detrás de la carpa de chelas.
Emocionados pusimos nuestra casa de campaña, acción por la que ya habíamos ensayado para no tardarnos. Instalados compramos 20 pesos de madera y queriendo demostrar nuestra habilidad para encender fogatas, buscamos unas brazas para lograrlo; fracasando, pedimos fuego a la tribu aledaña; unos hombres jóvenes con pinta de ingenieros, brindando con un refresco de toronja y una botella de tequila casi a la mitad nos regalaron llamas.
Encendido el fuego, iniciamos el ritual de comer salchichas asadas y platicar viejas anécdotas, espalda con espalda y con el calor quemándonos las piernas, un chico que parecía no tener más de 16 años nos preguntó: “¿No saben dónde consigo tachas?” Un silencio y la mirada hacia abajo, como si en realidad recordáramos quién las vendía, se hizo presente, se nos vino a la mente los sujetos de la mota bara. “No, mota ya tengo, bueno, gracias”
Una sensación rara nos llegó, cuando miramos a nuestro alrededor; alcohol, fogatas, música, tachas, mota, tambores y fuego. ¿Cuántos de los que estábamos ahí hacíamos todo aquello por recordar a nuestros ancestros, aquéllos hombres de sacrificios y sangre, arte y deidades? ¿Quiénes en realidad conocíamos la historia de la ciudad de Teotihuacan?
Dejamos de observarlos y fijamos nuestros ojos en el cielo, las estrellas nos hacía compañía mientras buscábamos insistentemente la Luna, cuando está alumbraba la Pirámide del Sol; imagen digna de fotografía de memoria.
Nos encerramos en otro mundo, mientras el mundo se perdía en sí. El amanecer nos despertó con una temperatura que anunciaba la primavera. Al salir de nuestro encierro, encontramos botellas de alcohol vacías, cajetillas de cigarros, refrescos, latas y muchos sujetos tirados con una cobija encima. La calzada de los muertos fue enteramente representada por varios chavos tirados en la entrada paralela, mientras algunos turistas se detenían a tomarles fotos.
Así fue el campamento de los que no conocen a los dioses, de una generación que poco ha dado por alcanzar sus ideales, perdiendo parte de nuestra vital energía en tachas, mota y alcohol, queriendo tener contacto con los demás, sin haberlo tenido con uno mismo.
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